
Con el mal tiempo me vuelvo muy pensativo, quizás porque paso mucho tiempo en la cama con mis libretas, escribiendo, dibujando y garabateando. Desde muy pequeño empecé a escribir interrumpidamente pero años más tarde empecé a tomarmelo más en serio. Mis diarios (estoy escribiendo el cuarto) son importantes para mi porque me asusta la idea de perder la memoria (tengo entendido que la gente nerviosa y creativa como yo tiene un alto porcentaje de posibilidades de acabar con altheimer, o eso creo yo), quiero recordar la vida tan loca y excitante que estoy teniendo y que, desde que empecé a escribir seriamente cuando tenía quince años, supe que tendría. Cuando termino de escribir un diario lo cierro y lo sello con cinta aislante,ya que pretendo abrirlos todos cuando las arrugas llenen mi cara y en el salón de mi maravillosa casa encienda un puro y me siente a leer mi vida al lado de la chimenea. Pero eso no es todo, también tengo una
Moleskine al lado de mi cama donde, rapidamente y nada más despertarme, escribo mis sueños (los cuales siempre olvido para cuando estoy desayunando). Parecerá raro e incluso una tontería pero si los leo despues de un año me doy cuenta de que muchos han sido causados por experiencias pasadas pero otros tantos han querido hablarme de lo que me iba a pasar, curioso.
Y evidenemente, como sabeis, también ecribo un blog, menos profundo y lleno de excitantes anecdotas que me pasan en mi día-día pero nada serio porque, (aunque muchos discrepéis en lo que ahora voy a decir), nunca hablo de mi vida privada, no seriamente o desvelando los datos mas importantes, los que me hacen una persona anónima (al fin y al cabo).
Si me paro a pensar los acontecimientos más importantes, los cambios en mi vida, estan precedidos o siempre acompañados de un nuevo corte de pelo. Siempre que veo una foto puedo acceder a la fecha instantaneamente por el tipo de corte que tenga en aquel momento, -
vaya superficialidad y tontería, direis, pero nada más lejano a la realidad. Con el corte de pelo no sólo intentas enseñar al mundo lo mucho o poco que te importa tu imagen, a que grupo quieres o realmente perteneces o incluso cuales son tus intereses políticos, a que persona admiras o en la piel de que personaje estás intentando meterte.
Mi nuevo corte de pelo a lo
James Dean nos es más que casualidad (el calor que pase en
Nueva York me obligó a echarlo para atras y los inesperados piropos hacia mi pelo por completos desconocidos me hicieron cortarmelo así). Es gracioso como, siempre que pienso en raparme la cabeza, alguien se acerca y me dice como le impresiona la cantidad de pelo que tengo, y que genial es. Debe ser la única vez que no comparto la idea de ser fabuloso, y no sabeis lo que me alegra y alivia a la vez.
Pero a lo que iba, mi barrio no es de los mas seguros de
Londres y el otro día en la calle donde vivo un chaval le gritaba a otro que le odiaba, con un gesto de asco y repulsión increible, que ni el mismo Dean hubiera podido imitar, y se enzarzaron en una pelea. Aquello me mantuvo pensativo durante todo el día y llegé a ese lugar en mi memoria, muy al fondo y muy bien guardado donde tengo el recuerdo de la primera vez que senti
odio por alguien:
No tenía más de cuatro años, estoy seguro, y pasaba los veranos en una finca perdida por las montañas, cerca de Arriondas, un pueblo en Asturias, cuando uno de los doce gatos que mis tia-abuelas tenían llegó al patio con el ojo rebentado. No recuerdo si le pregunté o simplemente ví a mi padre, amador de animales, furioso por aquello pero resulto ser uno de los hijos de puta de los de la casa de al lado. Aquella sensación que recorría todo mi cuerpo entonces no olvidaré nunca, sentía el corazón palpitando a tal velocidad que creía que se me escaparía por la boca y agarré un palo tan fuerte que notaba mis manos retorciendose de dolor, igual que iba a hacer sufrir al mal-nacido de mi vecino, que no merecía un nombre sino una patada en la boca. Entonces yo tenía mucho genio y el pelo corto y rubio.
Afortunadamente mi padre no sólo me pasó su amor por los animales y me enseño a proteger lo que es mio sino que, en ocasiones, hay que contar hasta diez.Cuando regresé a casa, aquella misma tarde, un hombre había aparcado un
Maserati de color azul marino en esa misma calle, mi calle. Al fin y al cabo parece que mi barrio esta mejorando, y yo también.